14 de febrero de 2008

Descansar en paz.

En el cole de mi barrio hacen una fiesta peculiar: El día de la Paz. Se canta, se baila, se sueltan globos y palomas, los chavales que han dado alguna que otra torta piden perdón antes que otros días y los que han recibido también andan más propensos a perdonar… Este año, además, todos han escrito sus deseos de paz en tarjetas decoradas con palomas y después las han pegado en las paredes, unas al lado de las otras, todas muy juntas. Como el colegio es uno de los más grandes de Madrid, el mosaico creado era gigantesco y se extendía interminable por los pasillos, como un pequeño mar de buenos deseos.



La mayor parte de ellos eran sinceras expresiones de buena voluntad del tipo “Quisiera que no hubiera guerras” o “Que ningún niño pase hambre”, todas acompañadas de un absoluto “NUNCA MAS”.
Había algunos realmente sorprendentes: Una niña, imagino que cansada de que espiasen su tarea por encima del hombro o tal vez haciendo sana crítica de la iniciativa de las tarjetas, había escrito “Que nadie quiera saber mis deseos”. Otro niño, vaya usted a saber por qué, había puesto “Que a mi padre se le pase todo”.



Pero lo que más llamó mi atención fue una especie de subgénero que hacía referencia a la muerte. “Que no mueran los seres queridos”, “Que nadie tenga que morir”, “Que no se muera mi abuela”, “Que se mueran todos los malos” o este, que es mi favorito, “Que la gente que muere sea gente normal”. Desgraciadamente, el poco de niña que queda en mí no sospecha ni remotamente qué demonios intentaba decir este muchacho con frase tan genial…
El caso es que, como al común de los mortales, la idea de la muerte les inquieta, sobre todo la desaparición de un familiar cercano. Para los pocos de entre ellos que han vivido esa experiencia, la muerte no es ya algo ajeno y abstracto, atrayente y temible a un tiempo, asociado a sus fiestas de pseudo-halloween. Es un adiós definitivo. Un hecho irreversible. Y es muy difícil entender algo irreversible en esta sociedad de soluciones.


Este es el tema que tratan Emil Bravo y Jean Regnaud en su excelente tebeo “Mi mamá (está en América y ha conocido a Buffalo Bill)”.
No resulta fácil para los adultos recrear las vivencias infantiles, ni siquiera las propias. Tendemos a contaminarlas de lógica, de madurez, a despojarlas de la parte de soledad, confusión y angustia que realmente tuvieron. Este no es el caso de este par de autores, que reflejan espléndidamente el sentimiento de “nos viene grande” que acompañó nuestros primeros años. Muy recomendable.

2 mensajes embotellados:

AnnaRaven dijo...

Tienes toda la razón del mundo. Poco a poco vamos dejando que la lógica y la razón se apoderen de nuestras visiones del mundo, como si modelasen la taza en la que el fluido de la vida caerá para que nosotros le demos forma.
Aunque muchos de nosotros tenemos la suerte de mantener la llama del niño que llevamos dentro más viva que otros, de pronto te encuentras con uno de esos locos bajitos de verdad y te sientes muy muy muy mayor, porque ya no sabes cómo jugar con él ni a qué nivel debes hablarle o si Angelina Ballerina es un ratón o todo lo que ella quiera que Angelina Ballerina sea. Supongo que, teniendo hijos, ya no resulta tan complicado entenderlos pero mi primer encuentro con una niña de tres años, hija de unos amigos, sin que hubiese tenido contacto con niños pequeños en al menos diez... me abrió los ojos a todas esas experiencias que estaba perdiendo. ¡Y también a la enorme dificultad que implica escribir literatura infantil!

Pablo dijo...

¡Qué bien escribes, Tere!

Algún día te contaré la importancia que tuvo la muerte en mi infancia... Tal vez nos definamos por la relación que establecemos con ella a edades tempranas, porque me da en la nariz (lo cual, ejem, no es tan difícil) que es uno de los descubrimientos más brutales que realizamos en nuestra vida.